martes, 24 de enero de 2012

No hay mucha distancia entre la satisfacción y la suficiencia.


No hay mucha distancia entre la satisfacción y la suficiencia. Satisfecha del lugar que ocupaba en el mundo, lo creía privilegiado. Mis padres eran seres de excepción y yo consideraba nuestro hogar como ejemplar. A papá le gustaba burlarse, a mamá criticar; pocas personas obtenían la aprobación de ellos y en cambio no oía que nadie los denigrara: por lo tanto, su manera de vivir representaba la norma absoluta. Su superioridad decaía sobre mí.” 

Pocas cosas turbaban mi tranquilidad. Encaraba la vida como una aventura dichosa; contra la muerte, la fe me defendía: cerraría los ojos y en un santiamén las níveas manos de los ángeles me transportarían al cielo.” 

Una noche, sin embargo, el vacío me estremeció. Leía; al borde del mar una sirena expiraba; por el amor de un hermoso príncipe había renunciado a su alma inmortal, se transformaba en espuma. Esa voz que en ella repetía sin tregua: "Aquí estoy", se había callado para siempre: me pareció que el universo entero se había hundido en el silencio. Pero no, Dios me prometía la eternidad: nunca dejaría de ver, de oír, de hablarme. No habría fin.” 

Había habido un comienzo: eso a veces me turbaba…
Esa presencia en mí que me afirmaba que yo era yo, no dependía de nadie, nunca nada la rozaba, imposible que alguien, aunque fuera Dios, la hubiera fabricado: se había limitado a proporcionarle una envoltura. 
Al menos había emergido de las tinieblas; pero las cosas a mi alrededor permanecían en ellas…

En los siglos transcurridos en el silencio de los seres inanimados, yo presentía mi propia ausencia: presentía la verdad, falazmente conjurada, de mi muerte.” 

“Agudas, a veces, mis inquietudes se disipaban pronto. Los adultos me garantizaban el mundo y yo raramente intentaba penetrarlo sin la ayuda de ellos. Prefería seguirlos en los universos imaginarios que habían creado para mí… “

“Nadie sobre la tierra encarnaba exactamente a Dios: yo estaba sola frente a Él. Y en el fondo del corazón me quedaba una inquietud: ¿quién era?, ¿qué quería exactamente?, ¿a qué bando pertenecía?”

“Una noche en Meyrignac me asomé como tantas otras noches a mi ventana: un cálido olor a establo subía hacia el cielo; mi oración se elevó débilmente, luego cayó. Yo había pasado el día comiendo manzanas prohibidas y leyendo, en un Balzac prohibido, el extraño idilio de un hombre y de una pantera; antes de dormirme iba a contarme historias raras que me pondrían en un estado raro. "Son pecados", me dije. Imposible seguir haciendo trampa: la desobediencia sostenida y sistemática, la mentira, los sueños impuros, no eran conductas inocentes. Hundí mis manos en la frescura de la enredadera, escuché el glu-glu del agua y comprendí que nada me haría renunciar a las alegrías terrenales. "Ya no creo en Dios", me dije sin gran asombro.”

 – De Memorias de una Joven Formal – Simone de Beauvoir.

Podría decirse que la concepción del mundo “sin Dios” resulta traumática. Se nos presenta una inminente e imponente realidad que no entendemos en su totalidad. En un mundo “con Dios”, a  todo lo que no se entiende se le atribuye el carácter de divino. 
Pero en un mundo “sin Dios”, ¿cómo se explica lo que no se entiende?

Si bien la ciencia ha hecho sus grandes aportes, tampoco abarca a un todo absoluto. 
¿Entonces?
¿Dudar? 

El filósofo rumano Emile Ciorán decía “Dudar… siempre que me venga en gana”.

Quedarse pues, instalado en la duda por "defaut", tampoco parecería ser una buena opción para llenar esas "nadas". 

No hay Dios, no alcanza la ciencia, y no es buena opción la duda.

Imaginamos la realidad pero el resultado no alcanza para conocer plenamente la realidad. 

¿Deberá nuestra imaginación ser de mayor "calidad"? 

¿Por qué no percibir clara e inmediatamente una idea sin razonar?

No hay Dios, no alcanza la ciencia, no es buena la opción de duda, pero venimos "provistos" de un olfato, una visión, un instinto, un presentimiento y una perspicacia.

Es entonces que estamos muñidos de todos los ingredientes para decidir. 

Pero; decidir ¿cómo? 

No existe una receta para decidir. Existe un producto cartesiano de decisiones. 

Todas y/o ninguna son posibles. Todas y/o ninguna son imposibles.

Toca entonces tomar partido. 

Toca entonces elegir, con la consecuencia lógica que toda elección implica, para cada elección existe la correspondiente renuncia. Dicho de otro modo, existe una correspondencia biunívoca entre la elección y la renuncia.

Pero, no todos están "provistos" de la capacidad de soportar una renuncia. Estos últimos deciden no elegir para no tener que renunciar. 

"No arriesgo; no pierdo". (Pero si no arriesga no gana).

No ganar ni perder es sinónimo de permanecer cómodamente instalado en un lugar de quietud, esperando. Así, se (creen) eludir responsabilidades:

"Soy infeliz porque Mongo Cucho me arruinó la vida y Mongo Cucho es un ser perverso y malvado y yo soy un dechado de virtudes y si no fuera por culpa de Mongo Cucho hoy sería feliz pero como existe Mongo Cucho soy infeliz". "Entonces voy a ... ¡matar a Mongo Cucho!" (No, imbécil, el problema sos vos, si sos cobarde, Mongo Cucho no tiene la culpa).

Y sí. Hacerse cargo de uno no es tarea fácil. No es para cualquiera. Hacerse uno cargo de sí es hacerse enteramente, plenamente, totalmente responsable de todos y cada uno de sus actos. (Pobre Mongo Cucho, él no tiene la culpa de la imbecilidad ajena).

Cuando uno decide, no sólamente se está comprometiendo consigo, sino con la humanidad entera. (¿Qué pasaría si todos hicieran lo que yo?)

¡Pobre Mongo Cucho enteramente responsable de toda la humanidad! 

Resulta tan falaz como hipócrita adjudicarle a un otro que no soy yo la responsabilidad por toda la humanidad. 

Pero, infelizmente un cúmulo de "dudosos", lo hace. Un cúmulo de párvulos lo hace. 

Y, para este cúmulo de párvulos no hay casi distancia entre la satisfacción y la suficiencia.

Anna Donner Rybak © 2012
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...