martes, 27 de diciembre de 2011

Políticamente escéptica.

Etimología: 
La política, del griego πολιτικος (pronunciación figurada: politikós, «ciudadano», «civil», «relativo al ordenamiento de la ciudad»), es la actividad humana que tiene como objetivo gobernar o dirigir la acción del Estado en beneficio de la sociedad. Es el proceso orientado ideológicamente hacia la toma de decisiones para la consecución de los objetivos de un grupo. La ciencia política es una ciencia social que estudia dicha conducta de una forma académica utilizando técnicas de análisis político; los profesionales en esta ciencia adquieren el título de politólogos, mientras quienes desempeñan actividades profesionales a cargo del Estado o se presentan a elecciones se denominan políticos. El término fue ampliamente utilizado en Atenas a partir del siglo V antes de Cristo, en especial gracias a la obra de Aristóteles titulada, precisamente, Política. El mismo Aristóteles definía al ser humano como un animal político. También se la ha definido como la comunicación dotada de un poder, relación de fuerzas o como el arte de lo posible. (*) de Wikipedia. 

No solamente no creo en Dios; no creo en nadie. Menos aún, si ese “nadie” dice ser un político. Se me acusará de pesimista, de “mala onda”, quizá se me diga “ay que ver la mitad del vaso lleno”, o “Siempre vos tan negativa”. Acúsemese de lo que quiera. 

Abogando a esta otra frase de “No se puede ser más realista que el rey”, quien hoy cree en algún político, mejor dicho quien hoy cree que algún político va ocupar su silloncito sin ningún tipo de interés es un creyente de quimeras. 

Este pesimismo que raya la línea del hastío, no es vano, sino el resultado de haber sido tontamente optimista, rozando tangencialmente la frontera del retardo. 

Nuevamente, nobleza obliga, querido maestro Jean Paul Sartre, debo citarlo. El hombre se va haciendo, no está hecho a imagen ni semejanza de Dios, no está hecho a imagen ni semejanza de nadie. 

Claro que esto no se contrapone con este asunto de que muchos hombres se creen dioses, y peor aún, pretenden imponer a todos desde su rol de omnipotencia e iridiscencia. 

Pero, volviendo a la cuestión de que uno se va haciendo, es que el hombre va tomando posturas con respecto a la vida a medida que va dejando de ser niño, comenzando cuando sus padres le cuentan que los reyes son ellos. 

Posturas que tienen que ver con la moral, con la definición de la sexualidad, con la construcción de los ideales, con ser fiel a algún credo o por el contrario primero ser fiel a él. 

Estas decisiones van formando la IDENTIDAD, van construyendo el “ser-en-el-mundo” del individuo. 

En ese afán es que en algún momento de la vida, el hombre tomará postura con respecto a ser conservador o ser progresista, o dicho sin anestesia, a ser de derechas, o a ser de izquierdas, idealmente hablando, claro. 
¿Valen las personas por lo que tienen o por lo que son? ¿Quiero tener un nombre de renombre y acumular riquezas o quiero hacer algo por mi prójimo? ¿Me importo “yo” o me importa la comunidad en la cual estoy inmerso? Y así. 

En ese tonto idealismo juvenil de izquierdas o derechas, uno cree fehacientemente que la política vendrá a respetar a rajatabla esos mandatos. 

El ser “hijo de la dictadura” agrega una cuota extra a este optimismo idiota. Desde este rol, y siendo idiotamente optimista, es que uno cuando veía que salía la papeleta amarilla, se decía: Esto es así ahora, pero si algún día el Frente Amplio sube, se aplicará la justicia a todos los genocidas de estado. Y cuando uno veía el clientelismo político y el amiguismo, aplicaba el mismo silogismo: Esto es así ahora, pero si algún día el Frente Amplio sube, se acabará y “al que meta las manos en la lata, se las vamos a cortar” (Tabaré Vázquez dixit) 

Es entonces que cuando luego de décadas de soñar el ansiado triunfo del Frente Amplio, este finalmente llega, y ahí estamos, todos emocionados, algunos lloramos, nos parece un sueño, y entonces así como la lechera comenzamos a razonar cosas del estilo “ahora finalmente todos los corruptos tendrán su justo castigo, ahora todos los crápulas torturadores serán encerrados en la cárcel, ahora finalmente se acabará la pobreza” y cosas por el estilo. 

Y es entonces que uno va viendo cosas que son “raras”; por llamarlo de algún modo elegante. Primero uno hace la vista gorda, no es posible que el “partido de nuestros sueños” sea capaz de hacer “esto”. 

Y sigue haciendo la vista gorda, porque de no hacerla deberá de asumir que ha sido un tonto idealista toda la vida. 

Y llega un día que es tan evidente la constatación que lo indefendible ES indefendible, y ahí es que comprendemos qué quisieron explicarnos nuestros progenitores con la frase “Los Reyes son los padres”. 

Y uno dice cosas como: 

-Las próximas elecciones voto en blanco, (¡no tonto, eso no lo hagas puesto que le estás dando el voto a la mayoría!) 

-Entonces las próximas elecciones voto anulado, (¡no tonto, eso no sirve para nada y no le sirve a nadie!) 

¿Y entonces qué hago? 

Buena pregunta. Tan buena que no tiene respuesta. 

Lo que sucede es que la política es una quimera, y punto. La política significa INTERÉS, pero no el que creíamos, esto referido al prójimo, la sociedad, no señores, la política significa INTERÉS cantante y sonante, no hay ser en el mundo que al ocupar un sillón (sea de la magnitud que sea) sea el mismo antes del sillón que después de sentarse ahí. 

La política es, irremediablemente la constatación de la mentada frase “Dividir para conquistar”, la política es someter, la política se opone rotundamente a que las personas piensen, más bien le interesa crear la raza del SuperIdiota, que acate sin preguntar, que no cuestione, que obedezca, que no “genere problemas”. 

Ya no somos teen-agers, somos grandes, así que ya hemos sufrido los suficientes desengaños para asumir esta constatación. 

Así como después de dedicarse magistrales epítetos en el senado blancos, colorados y frenteamplistas, después todos van a tomarse unas copitas al “Templo del whisky”, pasa lo mismo con Estados Unidos, Irán, Inglaterra, y … “fill in the blanks”. 

O séase que la política es el arte de tomarnos soberanamente el pelo, en el más amplio sentido literario de la frase. 

Anna Donner Rybak © 2011
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