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miércoles, 8 de agosto de 2012

Veinte años no es nada.


Seguramente el Juez que tiene a su cargo la causa del triple homicida del Pinar, la aplicará la máxima condena, veinte años.

Veinte años no es nada.

Horrenda casualidad, Pablito Goncálevez, quien asesinó a tres mujeres y asesinó quien sabe a cuántas más que no hay salido en la prensa, sale este añito por “buena conducta”, y porque ya van a hacer casi veinte años del asesinato a Ana Miller, entre otras.

Del mismo modo, en la República Argentina (veinte años no es nada) Barreda, el odontólogo que cometió homicidio contra sus hijas, esposa y afines, ¡ya salió! Y anda “alegremente” disfrutando de la vida, se casó, ¿Y?

¿Acaso esto es justo?

¿Es justo que tipos como Barreda y Goncálvez estén gozando de la vida y la libertad luego de haber impedido gozar a otros de la vida?

¿Qué más necesita la Justicia para actuar en el sentido de cambiar la legislación al respecto?

¿Cuántas más personas deben de morir?

¿Acaso este NUMERO no es suficiente?

No me vengan con que el machismo ya no es porque el propio machismo (por desgracia) imperante en esta sociedad hipócrita, que presume de carecer de él, sigue vigente y presente.

Quizá por estas razones es que desatienden adrede los pedidos de ayuda desesperados de futuros muertos.

Si una mujer va a una comisaría a hacer una denuncia le dicen cosas del estilo “Vaya para su casa señora que usted está muy alterada vuelva con su marido; recapacite”.

Hacen caso omiso y SABEN que esta persona está en PELIGRO.

¿Por qué?

Porque seguimos con el modelo machista de sociedad, porque en este modelo machista El Hombre es SAGRADO, seguramente si él se enojó es porque esa mujer le dio motivos o “fue mala” con él, no es tan así como en los países islámicos donde la mujer es un objeto que pertenece a un hombre, y no importa cuán déspota sea ese hombre, que es su marido, y el título “Marido” es un honorable título, por lo tanto un “marido” tiene las credenciales habilitadas para hacer lo que se le da la gana.

¿Acá?

Y…

No es tan así, pero un poco sí.

Parecería que si EL MARIDO se enoja, todo es posible, y todo le está permitido, hasta matar. Y la culpa es de quien ha provocado su ira.

Según el diario El Observador “El Homicida de El Pinar tiene rasgos de una personalidad psicótica”.

Me pregunto por qué siempre hay un diagnóstico que pone en situación de vulnerabilidad a estos seres macabros.

¿No se puede asumir que son unos reverendos hijos de puta sin ir a diagnosticar que son psicópatas?

¿Acaso los torturadores de la dictadura fueron diagnosticados de psicópatas? No. Ellos son unos hijos de puta.  Y estos matadores posmodernos, ¿no son también unos hijos de puta?

Sí, sí, sí.

Qué psicópata ni psicópata.

La pericia psiquiátrica arroja el resultado de que el asesino en una persona violenta, con rasgos paranoicos (pensamientos persecutorios) e insensible. Tiene un trastorno de personalidad psicopático, también llamado trastorno antisocial de la personalidad.

Me pregunto por qué siempre hay un diagnóstico que pone en situación de vulnerabilidad a estos seres macabros.

¿No se puede asumir que son unos reverendos hijos de puta sin ir a diagnosticar que son psicópatas?

¿Acaso los torturadores de la dictadura fueron diagnosticados de psicópatas? No. Ellos son unos hijos de puta.  Y estos matadores posmodernos, ¿no son también unos hijos de puta?

Seguramente el Juez que tiene a su cargo la causa del triple homicida del Pinar, la aplicará la máxima condena, veinte años.

Veinte años no es nada.

Anna Donner Rybak © 2012

domingo, 10 de junio de 2012

En cuanto pase el tren del 85.


En el 85 el tren pasó. Pasó el tren y nadie hizo nada. Mejor dicho, hacer; hicieron. Lo que hicieron fue inducir a un pueblo confundido, tras la salida de la horrenda dictadura, a decidir “pasar la página”.

El Doctor, pieza clave en el aval de la impunidad, pieza perversa; se dio el lujo de borrar huellas y llaves, cerrar puertas y perder rastros, sí, así lo hizo el Doctor.

En el 85 yo tenía 19 años. Aquella noticia, la aprobación de la Ley de Caducidad, me cayó como un balde de agua fría. Cómo me indigné. Claro que sabía de todo la enésima parte de lo que hoy sé; de la vida, de la muerte, de la política, de mí, pero igual, aquella indignación salió de mi hecha lava.

Dentro de mi cabeza de pendeja era tan obvio que el Doctor estaba encubriendo asesinos, ¡las aberrantes máximas! a las que hizo referencia “Impunidad para todos, para los “tupa” y para los milicos”. Ya entonces, yo sabía que los primeros habían estado en Cannes, y me decía: “Este tipo es un cínico” (Lógicamente el Doctor).

Hice lo único que podíamos hacer entonces: Participar de la juntada de firmas a partir de 1986, votar verde, volver a firmar por la nueva juntada de firmas veinte años después, votar rosado.

En el 85 el tren pasó. Aquel era el momento para “proceder”. Los genocidas estaban vivitos y colendo, lúcidos, todo estaba fresquito.

Sin embargo, el Doctor algo hizo. Ser cómplice de la borrada de huellas. El Doctor sabe, presente, siempre presente, como también pretérito imperfecto, pretérito perfecto, y no pretérito pluscuamperfecto, el Doctor sabe que hizo una sublime contribución a “dejar correr”; y fue gestor de la pérdida de esos valiosos años, es cómplice, el Doctor Sabe y sigue callando.

El Doctor es cómplice de la Operación Zanahoria (no es necesario ser actor para ser cómplice, sólo es necesario conocer y el Doctor conoce).

Toda la oposición salvo honrosas excepciones es cómplice de inducir a “pasar la página”.

La senil población de este país fue azuzada con el cuento de que si votaba amarillo se “venían las botas”.

(¡Qué fácil es asustar Doctor!)

1989, caso cerrado, “El Pueblo dijo AMARILLO”, “El Pueblo quiere pasar la página”, anunciaba presuntuoso, el Doctor.

Y resulta que en 1984, nuestro Doctor sabía que se estaban desenterrando cuerpos y tirándolos al mar, no sabemos hoy si no les dio el tiempo, si la Operación Zanahoria quedó inconclusa, o si fue una Gran Mentira, en cuyo caso nuestro Doctor, lógicamente es cómplice.
A sangre fría, como los viles asesinos, al Doctor y sus secuaces poco les importó encubrir genocidas, han mentido y siguen mintiendo y seguirán mintiendo.

En el 85 era el momento. Hoy las ¾ partes de los crápulas están muertos (muerte digna en el seno de su noble hogar, calentitos, nada de calabozo), o están “gagá”, (que es lo mismo que muertos).

La mentira de la “Comisión para la Paz” de Jorgito, en el lamentable acto de decretar muertos a los desaparecidos, poner sello, firma, y sobre lacrado, ¿acaso creen que con eso se arregla la “cosa”?

No fue sino hasta la llegada de Tabaré que se pudo obrar sin trabas. Sin embargo, siguieron las trabas “psíquicas”, como cuando al avizorar que en el Batallón 14 los equipos de investigación y arqueología se aproximaban a la zona, salir a dar pistas de zonas falsas, para seguir y seguir estirando la agonía. Para seguir y seguir dando tiempo a los asesinos de morir sin ser juzgados. Para seguir y seguir ¡burlándose! De los familiares, dejándolos creer que su ser querido había sido incinerado o había muerto durante la tortura por no soportarla, cuando sabían perfectamente (como en el caso del maestro Julio Castro) que había sido ¡fusilado!

Y no tuvieron otra que confesar porque tuvieron la lamentable suerte de que los restos del maestro fueron encontrados en el Batallón 14, y con  la evidencia forense irrefutable.

Sin embargo la revelación de todos estos hechos (hechos, no papeles mentirosos, no pruebas falsas, no declaraciones en connivencia con el régimen de facto, ¡hechos!), no parecen conmover ni un ápice al Doctor y sus secuaces.

El Doctor prefiere que los familiares agonicen, o que mueran sin el derecho a La Verdad, el Doctor tiene sangre fría, no se le mueve un pelo, no es capaz por una vez de decir LO QUE SABE. (Que seguramente es TODO). Que lo sabía en el 85, y por eso parió la Ley de Caducidad.

En el 85 el tren pasó hace rato y al Doctor sigue sin movérsele ni un pelo.

Anna Donner Rybak © 2012

martes, 17 de abril de 2012

Escuche Doctor.



Escuche Doctor;  
Doctor, por detrás de mi voz escucho recién HOY la voz de Ricardo que canta. 
Por detrás de mi voz, escucha, escuha, otra voz canta... Escucho una voz que canta, pero dígame de quién es Doctor, por favor se lo suplico... viene de atrás de lejos; viene de sepultadas, bocas y canta.... dígame Doctor donde están sepultadas estas voces que escucho todo el tiempo, que no me da tregua la voz que me pregunta donde están, usted lo sabe, le ruego desesperadamente que me diga, ¿qué pierde usted doctor? Pero yo gano mucho, porque.... ¡sabré donde están sepultadas esas voces que cantan! Ya sé que están muertos, y sólo viven en mi mirada, pero viven en un lugar inconexo, viven apátridas, están escondidos para que no los veamos, Doctor, dígales que pueden salir, por favor doctor. Mi psiquis no puede más, ¿tendré que aguardar a que vayan apareciendo para entonces primero esperanzarme de que es él, para después desesperanzarme de que no es él? Usted tiene la llave, usted tiene la clave, hágalo por mí, hagalo por todos quienes esperan ... por favor doctor, quiero que sus vocen no cante por detrás de la mía, quiero que cantemos juntos, no quiero que sea otra voz la que canta, quiero que sea al voz de él la que canta, y si usted me dice donde lo puedo encontrar, será al fin la voz de él la que cante, se lo suplico, alucino con falanges, no puedo sacar eso de mi cabeza, por favor, doctor, si tiene un dejo de piedad le ruego, alívieme esta pesadilla de esta espera que quema, por favor le ruego, alivie sus pesadillas, hace años que buscan, diga la verdad doctor, se lo imploro, usted ¿qué haría en sus lugares? ¿No querría usted también saber el paradero si le hubieran asesinado a un familiar? ¿Por qué Ud. no puede, Doctor, ponerse en la piel de ellos? Por favor le pido, Doctor, pongase un minuto en esos zapatos, por favor, usted tiene la llave, no nosotros, escuche, escuche, doctor, otra voz canta, escuche escuche y dígame de donde viene la voz que canta. 

Anna Donner Rybak © 2012

viernes, 2 de diciembre de 2011

Pretenden


Pretenden los cómplices borrar las letras que hacen la historia escribiendo una historia encima pero no se percatan que la tinta que usan al tomar contacto con sus manos se vuelve transparente, intentan tapar palabras que dicen la Verdad con palabras que dicen mentiras, pero la tinta es transparente y no se puede tapar el sol con un dedo, y la Verdad sigue escrita ante los desesperados intentos de borrarla entonces con tinta indeleble negra, pero al tomar contacto con sus manos, su alma es quien queda teñida de negro y la tinta es indeleble, de todos modos, el color resultante no es muy distinto del color original, el de antes era un negro escondido, disimulado, mentiroso, el resultante es un negro de verdad, la Verdad está en todas partes; hagan lo que hagan ¡no escaparán! 

Anna Donner Rybak © 2011

 POR LA MEMORIA, LA VERDAD Y LA JUSTICIA.

Vamos, Doctor.

Podría difundir una vez más la historia de Julio Castro, y que después de largas peripecias fueron identificados sus restos en el batallón 14. 

Pero, para no ser redundante, yo prefiero preguntar. A Ustedes, que ya saben quienes son. ¿Qué pretenden? ¿Que se hurgue todo el batallón 14 y sólo se sepa de los que se encuentran sus huesos? ¿Acaso no saben que todos saben que ustedes saben lo que (de verdad) hicieron? 

Esta nueva prueba debería invitarlos (por ser suave) a la reflexión de que los Pueblos no son Cornudos. 

¿Acaso ustedes creen que el pueblo cree en la "Operación Zanahoria"? 
 Doctor, contribuya con su prójimo, ¿no entiende Ud. acaso que si ha aparecido Chávez Sosa en el Batallón 14 y ahora apareció Castro es ratificación absoluta de que la Operación Zanahoria es una mentira elaborada por Usted en complicidad con los que se abrigan con el manto de la frazada que ud. ha tejido de impunidad? 

Vamos, Doctor. Es su oportunidad de que una milésima de milésima de su conciencia haga una obra de bien. ¡Tenga piedad con el resto de los familiares que ignoran qué ha sido de sus muertos! ¡Confiese Doctor! ¿Qué le cambia a Ud. si con el tiempo la verdad saldrá a la luz? ¿Por qué no le evita a los Familiares en calvario de negarles su legítimo derecho a La Verdad de saber qué hicieron sus nefastos cómplices con sus restos? Vamos Doctor. Déjese de farsas. ¿Acaso Ud. ignora que no se puede ser farsante con la Memoria de los Muertos? ¿Acaso Ud. Doctor, ignora que está cometiendo el delito de burlarse de la Memoria de los Muertos y de la persona de sus familiares vivos? 

 Vamos Doctor. Termine de una vez con este escabroso asunto. 

 Anna Donner Rybak © 2011

miércoles, 26 de octubre de 2011

La Ley del Talion Posmoderna


"Etimología: El término ley del talión (latín: lex talionis) se refiere a un principio jurídico de justicia retributiva en el que la norma imponía un castigo que se identificaba con el crimen cometido. El término "talión" deriva de la palabra latina "talis" o "tale" que significa idéntica o semejante, de modo que no se refiere a una pena equivalente sino a una pena idéntica. La expresión más conocida de la ley del talión es "ojo por ojo, diente por diente" aparecida en el Éxodo veterotestamentario.
Históricamente, constituye el primer intento por establecer una proporcionalidad entre daño recibido en un crimen y daño producido en el castigo, siendo así el primer límite a la venganza." (Fuente wikipedia)

Hay actos que son abominables, aberrantes, inmorales, indignos. Por eso son IN-DE-FEN-DI-BLES.
El ASESINATO con premeditación y alevosía es uno de ellos.

No obstante de haber ocurrido en nuestro país asesinatos de la talla de lo que precede, en el año 1985, el Dr. Julio María Sanguinetti, otrora presidente de la República esgrimió en aquel entonces un "argumento talionístico", y bajo ese manto de oscurantismo vio la luz la nefasta Ley de Caducidad.

El mentado Dr. Ex-Presidente adujo a que como los tupamaros habían cometido asesinatos, sería tan "generoso", y no los procesaría, padeciente de anmesia el Dr, puesto que la mayoría de ellos no sólo fue procesada, sino que fue torturada, y en muchos casos asesinada.

No sólo el Dr. fue el papá de la ley de Caducidad, sino que fue su más ferviente defensor, su lealtad a la causa siempre ha resultado conmovedora, llegando a extremos inusitados como dar la órden al Embajador de Israel en el año 2005, al pronunciar un discurso en el Monumento del Holocausto de que dada la tradición del pueblo judío de ser perseguido, vejado, ultrajado y asesinado, no podía permanecer la colectividad ajena a la causa de los detenidos desaparecidos. Días después, aquel Embajador fue "gentilmente invitado a renunciar" a su cargo, lógicamente el pedido vino del mentado Dr. y entonces Presidente.

De lo que fue ferviente defensor el Dr. Julio María Sanguinetti, fue del oscurantismo y la mentira acerca de LA VERDAD.
(Doctor, No se puede tapar el Sol con un dedo).

Año 1989, convenció a "los viejitos" de que si votaban amarillo las botas volvían. Le creyeron. INCREIBLE.

En los años previos a 2005, todas las VERDADES estaban enterradas en pozos de arena, y había un carcelero vigilante para que nadie osara desenterrarlas.

Sin embargo, aunque en 2005, ya los cómplices del Terrorismo de Estado no eran gobierno, siguieron obstaculizando la BUSQUEDA DE LA VERDAD.
Y LO SIGUEN HACIENDO HOY.

Parece ser que los cómplcies del Terrorismo de Estado son "fans" de la Ley del Talión, por eso ahora dijo alguien esta mañana que había unos nnn "asesinos subversivos" sin procesar.

Es entonces que me tomo el atrevimiento de usar yo también la Ley del Talión y algunas propiedades como la sustitución y es entonces que manifiesto:

IMPUNIDAD DE (nnn "asesinos subversivos") = = IMPUNIDAD DE los genocidas de estado.
Pero, Doctor, faltó considerar un término en la igualación.

Desde 1985, hasta hoy, MURIERON genocidas de estado que no fueron juzgados y que además estaban fuera de la Ley de Caducidad, el más claro ejemplo, el ex presidente/dictador Juan María Bordaberry.

Como por ahora los muertos se mueren cuando se mueren y nadie ha vuelto de la muerte para contarnos que hay vida después de la muerte, el Dr. Juan María Bordaberry "partió" SIN CUMPLIR SU PENA, puesto que se "enfermó", y CUMPLIR SU PENA no quiere decir cumplirla calentito en su casita, sino cumplir la condena como un reo más.

Es entonces que yo amorosamente por sustitución escribiré la igualación a los adoradores de la ley del Talión:

IMPUNIDAD DE (nnn "asesinos subversivos) SE SUSTITUYE por los que partieron sin cumplir su condena.
Así que acá tienen el resultado final utilizando la ley del Talión:

¡IMPUNIDAD PARA LOS QUE PARTIERON SIN CUMPLIR CON SU PENA X JUICIO Y CASTIGO A LOS CULPABLES QUE ESTÁN VIVOS!

Anna Donner Rybak © 2011

Los delitos de lesa humanidad no prescriben .


"Restituir mediante un procedimiento legal correcto, (la sanción de una ley que no es inconstitucional y que no desconoce nada), la autoridad de la Justicia frente a la cosa penal en relación con delitos de lesa humanidad debe ser motivo de alegría republicana. Voten con alegría señores diputados.

Y no entren en debates malsanos que todo que lo procuran es restituir la ya caricaturesca"teoría de los dos demonios"

..." Gerardo Bleier

Era necesario, merece y corresponde, SEPARAR el lema "Los delitos de lesa humanidad no prescriben" con "revivir" la anulación de la ley de Caducidad.

Ya era hora. Son cosas que se desprende, deduce e infiere van por carriles distintos. La Ley de Caducidad es la aberración a la que el pueblo votó No, (de todos modos votó no por falta de información, sobre todo la última vez, con la papeleta rosada, y la primer vez votó no porque políticos de la época con la connivencia de los militares asustaron a la población [mayoría de adultos mayores] de que si votaban amarillo se venían las botas).

Pero nada de eso conduce ni conducirá a nada. La Ley de Caducidad es una aberración, y como aberrante que fue, se desprende deduce e infiere que el pueblo se iba a pronunciar en forma ignorante.

Por tales efectos es que SE DEBE SEPARAR el asunto de La Ley de Caducidad (donde ahí sería un disparate mayúsculo volver a juntar firmas para anularla), con el tema QUE IMPORTA. Y es este de que LOS DELITOS DE LESA HUMANIDAD NO PRESCRIBEN, y no hay ley que pueda con este AXIOMA.

Sin embargo, no perdieron la oportunidad quienes todos saben de volver con "la teoría de los dos demonios"; y dijeron que había algo así como (no pasan los tres dígitos)... de casos de subversivos asesinos que no habían sido juzgados.

Es entonces que a estos "buenos samaritanos" es pertinente indicarles que si vamos a hacer una CUENTA EXACTA, todos ellos deberían estar ... habría que revivir a Bordaberry Padre para que pague como "Dios manda" y no haber muerto tranquilamente porque escapó de la cárcel porque estaba enfermo, y acá pregunto a los presentes buenos samaritanos que si vamos con "grumos e hilachas" también hay que juzgar la muerte de Juan María Bordaberry, revivirlo y unos cuántos más que ya se murieron y que no pagaron nada.

Así que ahora sí con una Ley del Thalión bien exacta digo a algunos militares que se pronunciaron con el asunto de los seediciosos no procesados, que esto lo "va a la cuenta" de todos los MILICOS que murieron de MUERTE NATURAL, y listo.

Anna Donner Rybak © 2011

lunes, 3 de octubre de 2011

Leyendo (DES)APARECIDO III


Cuando el Dr. Julio María Sanguinetti dijo en 1986 que “como deberían pagar todos era mejor no pagara nadie”; no me quedó claro si acaso el Dr. era padeciente de amnesia, o quién sabe de qué.
El Dr. Julio María Sanguinetti parece que ha olvidado que los Unos pagaron y con creces.
Con la VIDA, o en los casos más “leves” con cautiverios eternos, torturas aberrantes que en nada difieren a las empleadas por los nazis.
Un lugar aparte para los presos reunían las condiciones de “sediciosos” y “judíos”, les daban doble. Así lo dice Mauricio Rosencof, pero también otros judíos que pasaron por los calabozos, no era suficiente la picana y todo el resto, también se burlaban de su condición de judíos. Son lugares comunes para los milicos y los SS el gozo por el sufrimiento de los torturados.
Varias personas me increparon que no “tenía nada que ver una cosa con la otra”. No estoy de acuerdo, para nada.
Bajo estos argumentos, fue entonces que se justificó la derecha para en 1986 redactar la ley de Caducidad.

Eduardo Bleier, pudiendo ir al exilio, eligió quedarse acá, aduciendo a esto de que: “¿Y si nos vamos todos quién se queda para enfrentar la dictadura?
Sabía lo que le esperaba, y sin embargo se quedó, no se me ocurre otro ejemplo más grandioso de VALENTÍA y VALIA que el suyo.
El “trato especial” de los milicos no logró nada, él siguió fiel a sus convicciones hasta el final.
Me imagino que los milicos en el fondo lo envidiarían, a que ninguno resistiría lo que Bleier. Me imagino porque tuvo un “trato especial dentro del trato especial”, según testimonios que figuran en el libro. Testimonios fidedignos, de personas que hoy viven y están lúcidas, que son pruebas fehacientes. Ya la derecha no puede decir que son “inventos”.

Entiendo que el nombre de Eduardo Bleier Horowitz sin lugar a dudas debe integrar la MEMORIA COLECTIVA de este país.

Anna Donner Rybak © 2011

sábado, 1 de octubre de 2011

Leyendo (DES)APARECIDO II


En cuanto a la Circunstancia Política de los años pre-dictadura, el libro (DES)APARECIDO, resulta una apertura hacia generaciones posteriores, que, o bien algo han tocado "de oído" o directamente no les han contado nada o no se han interesado.

No hablo sólamente de jóvenes de izquierda, hablo de toda la juventud. Los autores describen con absoluta OBJETIVIDAD y claridad el "Mundo" en que vivían todos (entre todos Eduardo Bleier).

Explica claramente las diferencias entre el PCU y el MLN, diferencias que yo no tenía tan claras, así como también el surgimiento y la evolución de ambas corrientes, y el porqué de dichas diferencias.

Hay hitos que ni yo conocía, por ejemplo, el marco en el que se desarrollaron las elecciones de 1971; hubo sospecha de fraude en el triunfo de Juan María Bordaberry, personaje que en esos tiempos "nadie conocía".
Tengo vagos recuerdos de ese día. Tenía cinco años y me llamaban la atención la cantidad de troncos de árboles pintados con rojo, azul y blanco. Me gustaba verlos pintados así.
Le pregunté a mi madre qué era todo eso, y sí me dijo dos palabras que desde los cinco años que yo tenía me quedaron grabadas para siempre: FRENTE AMPLIO.
Mi madre y mi padre tenían que ir a votar, así que a mí me dejaron en la casa de mis abuelos maternos, en Arenal Grande y Concepción Arenal, en el barrio Goes.
Mis recuerdos de los cinco años, me traen un "día nervioso".
Siempre me acuerdo de todo eso, que me dejaron en la casa de mis abuelos, que fueron a votar, y más adelante, ya en dictadura, mi madre me explicó que esas habían sido las ULTIMAS ELECCIONES.

A 1975, los milicos lo definieron como "Año de la Orientalidad", y sí me acuerdo que pasaron de los Pesos a los Nuevos Pesos, aparecieron unas monedas "más grandes que una casa" de Nuevos Pesos Cinco, las ví en la Feria de la Plaza Matriz el sábado pasado y me acordé inmediata,ente de ellas.

Cómo jodían los milicos con la construcción del Mausoleo. No quiero ni imaginar los dineros que gastaron, sí cuando quedó pronto, me pareció el lugar más horrendo del mundo, todo ese mármol negro, los dos "blandenguitos" vigilando las cenizas, tanto circo para eso, porque nos repetían todo el tiempo que en la plaza Independencia se estaba haciendo algo "Importante".

También me acuerdo que en el marco del Año de la Orientalidad, habían puesto los muy desgraciados de los milicos luces de colores iluminando la parte superior del Palacio Legislativo, de noche se veía, nosotros siempre pasábamos por ahí, regresando de la casa de mis abuelos, y yendo hacia la ciudad vieja, íbamos por General Flores, dábamos la vuelta por el Palacio, y mi padre se iba por Agraciada.

Con la escuela, nos llevaron a un paseo, y nos mostraron todo el palacio por dentro. Sí que me acuerdo cuando nos mostraron el Senado, todo estaba vacío, y alguien dijo: "Acá se sentaban los Senadores y Diputados, pero eso ya no existe más".

Anna Donner Rybak © 2011

jueves, 29 de septiembre de 2011

Leyendo (DES)APARECIDO...


Tal cual lo dicen sus autores (André Fremd y Germán Kronfeld), siento este libro como un canto a la vida y a la esperanza. Ellos dicen que su motivación a la hora de escribir el libro no fue compartir los ideales políticos de Eduardo Bleier, y tampoco que ellos tuvieran un modo parecido de concebir la realidad como el suyo, que que sintieron profundamente atraídos por la forma en que una persona puede entregarse por lo que cree siendo ejemplo para otras (como ellos) que también sueñan con un mundo más justo y solidario.

Es una bella historia de familia, y la figura que se me va dibujando es la de una persona que piensa; dice y hace lo que SIENTE.

No es fácil HOY decir LA VERDAD y no existen demasiadas personas que la digan. Menos aún imagino lo sería en los años negros de la dictadura.

Si bien en mi familia no hubo militancia sí la hubo en conocidos, recuerdo el caso de David W. que en el anca de un piojo salió de Chile. El avión hizo escala en Montevideo. No sé qué hacíamos nosotros en el aeropuerto. Sólo me acuerdo que todos esperaban muy nerviosos un avión que no llegaba. Al fin llegó, en mis recuerdos no distingo si era de TAMU (*), de esos con las ventanas redonditas, e inmediatamente aquella familia partió para Holanda.
(*) Me dicen que TAMU no era porque hacía vuelos internos, ni idea entonces.

Yo soy hija de la dictadura.
En esos tiempos sucedían cosas que yo me daba cuenta que eran "raras" pero mi madre no me explicaba. De más grande entendí porqué. Ella trabajó en el Ministerio de Salud Pública durante aquellos años negros, y veía el horror, era la única mujer en reuniones de veinte generales, pasaban los peajes y les hacían la venia, mi madre nos contaba todo eso, (pero no las causas), nos contaba a medida que íbamos creciendo mi hermano y yo.

¿Qué me genera este libro que estoy leyendo? Muchas cosas comunes.

La familia Bleier inmigró a este país en la década del veinte del siglo pasado, y la familia Rybak también. Veo las fotos de época y son iguales a las que había en casa de mis abuelos. Los Bleier llegaron de Hungría y los Rybak de Polonia. Sin embargo, los Bleier eran una familia religiosa, y los Rybak no. Mi abuelo Moishe, no creía en Dios, y tenía ideas comunistas. Un día mi madre (según ella relató muchos años después) quedó horrorizada, porque mi abuelo había sacado pasaportes para los cuatro (él, mi abuela, la baba Jaika, mi mamá Sara y mi tío José), para aquellos planes en Siberia, incluso hemos encontrado con mi madre folletos de época similares a las propagandas de paquetes de excursiones. Años después se fueron enterando que todos aquellos que habían partido, habían desaparecido en un agujero negro.

Sin embargo, no es sólo ese el motivo de la casualidad para que yo naciera. Mi padre, Leopoldo, nació en Viena (Austria), en 1932, luego de un tiempo vivieron en Italia, y tomaron el último buque que salió de Europa, mi abuelo (Natalio Donner), ya estaba en Uruguay, mi abuela partió sola de Europa con mi padre chico, y si no hubiera subido a ese barco, yo no habría nacido.

Y acá estoy yo, "producto cartesiano" de casualidades.

Confieso, se me piantan varios lagrimones con otros temas que me son comunes.

Un lugar preponderante ocupa la Shoá (El Holocausto) en la formación de la personalidad de Eduardo Bleier. De pequeña, yo crecí viendo los ámbums sepia que había en casa de mis abuelos, con las fotos de sus hermanos muertos, hermanos que tenían hijos, niños pequeños.

Eduardo Bleier sin lugar a dudas fue un hombre multifacético. Tocaba el violín, escribía poemas. Me llamó la atención de que primero haya tenido una inclinación religiosa, según el libro él quería ser rabino, pero rápidamente abandonó tal misión al darse cuenta de que los rabinos le miraban las piernas a las mujeres, y eso le pareció hipócrita.
Ese cambio repentino de decisión, pero fundamentalmente el motivo, me parece el reflejo de una persona que ES LO QUE HACE, que dice la verdad, una persona que NO ES HIPÓCRITA.

En la contracara del libro, Mauricio Rosencof dice "le dieron por bolche y por judío", y ese mote en cierto modo lo padecemos todos los judíos de izquierda. También tengo otros conocidos en la familia a quienes les dijeron lo mismo. Es como dice Maricio Rosencof "en la izquierda éramos un lote".

Yo ví la dictadura "de afuera". Sin embargo tengo recuerdos MUY GRABADOS. El día que comenzó la dictadura, (27 de junio de 1973), me acuerdo que no había radio, sólo esas marchas horribles todo el día, y una voz (también horrible) diciendo cosas del orden y del fin de la subversión. Otra cosa que me quedó fueron las cadenas cinco minutos antes de las veinte, donde pasaban "de a tres", y decían que los buscaban por "sedición", y que si alguien sabía de su paradero, o había visto a alguien similar (pasaban la foto), que avisara enseguida. Yo le preguntaba a mi madre qué habían hecho, ella no tenía una respuesta para darme, yo la entiendo, si yo tenía siete, y mi hermano dos, y pasábamos mucho tiempo juntos, éramos niños, y en esos años había palabras clave para que los milicos se dieran cuenta si tu familia tenía ideales de izquierda, porque acá, no desaparecieron sólamente los que militaban, también desaparecieron personas que repartían volantes o hacían pintadas, y si no desaparecieron estuvieron buen "guardadas". Una vez mi madre me compró un pantalón de los más "monono", era azul marino, y la señora que nos cuidaba me dijo "ese pantalón es de milico" jorobando. Cuando le dije a mi madre eso, me dijo aterrada - "¡No se dice milico! ¡Se dice policía!", obvio que le pregunté porqué, obvio que no me pudo responder.

Otra bronca que me viene es con este asunto del "300 Carlos", la maldita casa de Punta Gorda. Yo me enteré del nefasto uso del inmueble por una revista Guambia, allá por el 85. Me quedé de cara, en ese entonces la casa estaba desocupada. Pero ahora, hace un par de años, ví que la pintaron y que vive gente ahí "como si nada", ¿cómo pueden vivir ahí? Yo nunca podría vivir en un lugar donde se torturó, picaneó, asesinó, sin embargo esos tipos que ví hace un par de años, estaban de lo más campantes en el balcón, que hijos de su madre.

Yo del asunto de la dictadura me enteré todo en un día. Fue cuando días antes del Plebiscito del '80, los partidarios de Wilson Ferreira Aldunate organizaron un acto en el Cine Cordón. Todo se venía tranquilo, a mi me tenían harta con la propaganda de la DINARP, claro sólo era del "SI", pero no tenía demasiada conciencia de qué era eso del plebiscito... hasta ESE DÍA.
Lógicamente el cine se llenó, y la gente ocupaba casi toda la cuadra (18 de julio entre Joaquín Requena y Martín C. Martínez). Todo transcurría en armonía, hasta que...
Al terminar y la gente comenzar a salir, aparecieron desde Martín C. Martínez milicos a caballos con palos, y le daban a la gente, le pasaban por arriba. En el balcón estábamos mi madre, mi hermano, una amiga que se quedaba a dormir en casa y yo. Mirábamos atónitos, la gente desesperada corría, muchos buscaron refugio en la heladería "La Cigale" de Requena y Brandzen, y otros en la Farmacia "Lyon", en 18 y Requena, y los milicos se metieron con los caballos ahí adentro y seguían con los palos. Como yo ya tenía trece años mi madre tuvo que darme una respuesta. Me la dio, y ese día me definí ideológicamente y para siempre de izquierdas, en contra de todo lo que tuviera que ver con los milicos. Fue fácil seguir sola, yo misma me informaba, cómo disfrutamos en el '83 el asunto de las cacerolas, muchas quedaron deformadas, les dábamos tan fuerte mi hermano y yo, también el discurso de Candeu en el Obelisco, de casa no se veía la vereda, sólo se veían mares de cabezas, aquello fue impresionante...
Desde entonces, juntamos firmas por la facu de Arquitectura, para el 89, después de vuelta, y así...

Es pertinente que diga que al leer algún material de este libro, me recordó lo que yo ya sabía. Israel no dio asilo a ningún exiliado político, y eso me da como "un tiro al hígado", y nobleza obliga que lo deje por escrito. Sin embargo de lo más campante el crápula que hacía las "autopsias" del M.S.P. en los años negros; el "Mamario Katz", (así le decían a ese siniestro personaje), residente en La Paloma, oriudo de Rocha, por los albores del 82-83, se fue para Israel, y la gran siete, ese sí pudo entrar... qué rabia.
La eterna contingencia de ser judío y ser de izquierda.
El ruso Bleier, si bien dejó la religión, nunca su sentimiento de pertenecia al pueblo judío.

Pero no voy a escribir más nada, yo (y espero que también ustedes) sigo leyendo la historia del Ruso Bleier, una persona que "enamora" a través de la imagen que se me va dibujando suya, a partir de lo que voy leyendo en el libro.

Anna Donner Rybak © 2011

domingo, 11 de septiembre de 2011

ONCES DE SETIEMBRE.


Desde hace tiempo, el número once está asociado con atentados y sus culpables permanecen agazapados bajo el manto de la impunidad.

No era una avant premiere, ni una publicidad, los rascacielos se iban cayendo en Manhatan, con perfecta sincronía.. Sucedió un 11-S. Pero no fue el único. Ya otro 11-S, había sucedido otra tragedia, cuando en Chile ocurrió el Golpe de Estado. Otro día once, en cuatro trenes, diez explosiones concurrentes detonaron en Madrid. Sucedió un 11-M. Y tampoco fue el único.

UN ONCE DE SETIEMBRE...

" ... Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.
¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores! ... "
Con estas palabras de derrota y al tiempo de esperanza, se despedía de su pueblo un hombre íntegro.

Era Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973, en el mensaje a los ciudadanos transmitido por Radio Corporación a las 08:45 de la mañana.

Aquella mañana, dio inicio lo que sería uno de los mayores dramas vividos por Chile.
El gobierno de Salvador Allende era derrocado por un cruento golpe militar que, con el apoyo de la CIA y de los Estados Unidos, estaba encabezado por el general Augusto Pinochet.
A partir de entonces se inició una auténtica cacería de opositores, sumergiendo a la nación transandina en una de las más crueles dictaduras que se han padecido en América Latina.

Son cinco minutos.
La vida es eterna en cinco minutos.
Suena la sirena de vuelta al trabajo,
y tú caminando, lo iluminas todo.
Los cinco minutos te hacen florecer.
( Te recuerdo Amanda - Víctor Jara )

Testimonio de Joan Jara, compañera de Victor, publicado en el libro "Víctor Jara: Un canto inconcluso", acerca del golpe militar y la muerte de Víctor Jara.

Despierto temprano, como siempre. Víctor sigue durmiendo, de modo que me levanto en silencio y llamo a Manuela, que tiene que llegar temprano a la escuela.
Bajo a poner la tetera al fuego y pocos minutos después aparece Mónica, frotándose los ojos y bostezando.
Todo es normal, dentro de la anomalía en que vivimos.
Es una mañana fría, melancólica, nublada.

Manuela y yo desayunamos y salimos para la escuela.
Yendo en coche no es lejos, pero resulta difícil llegar en transporte público, aunque lo hubiera. Por suerte nos queda algo de gasolina.
Evidentemente somos las únicas personas que están en movimiento. Todos los demás parecen haber decidido quedarse en la cama, con excepción de las empleadas domésticas, naturalmente, que se levantan temprano para hacer cola en la panadería de la esquina.
Mónica había vuelto con la noticia de que el coche de Allende ya había bajado a toda prisa por la Avenida Colón, acompañado por su escolta habitual, mucho más temprano que de costumbre.
En la cola del pan y en el quiosco la gente decía que se estaba tramando algo.

El Liceo Manuel de Salas está lleno de alumnos. Aquí no hay indicios de huelga. Sólo un mínimo porcentaje de familias no es partidaria de la Unidad Popular.
En el camino de vuelta enciendo la radio del coche y me entero de que Valparaíso ha sido acordonado y está teniendo efecto un movimiento de tropas desacostumbrado.
Los sindicatos convocan a todos los trabajadores a reunirse en los lugares de trabajo porque se trata de una emergencia, una alerta roja.

Me doy prisa para contárselo a Víctor. Cuando llego le encuentro levantado y manipulando la radio, con la intención de sintonizar Magallanes u otra emisora partidaria de la Unidad Popular.
"Parece que ya empezó", nos decimos.
Aquella mañana Víctor debía cantar en la Universidad Técnica, en la inauguración de una exposición sobre los horrores de la guerra civil y el fascismo, donde hablaría Allende...
Eso no creo que se haga, dije.
No, pero creo que debo ir, de todos modos ¿por qué no vas al tiro a buscar a la Manuela? Es mejor que estén todas juntas en casa.
Voy a llamar por teléfono para tratar de averiguar qué está pasando.
Mientras volvía a salir del patio, nuestros vecinos empezaban a reunirse. Hablaban en voz alta y ya comenzaban a celebrar. Pasé a su lado sin mirarlos, pero al fijar la vista en el retrovisor vi que una de las "damas" se agachaba y me dedicaba el ademán más grosero del lenguaje chileno.

Al llegar me enteré de que habían dado instrucciones de que los más pequeños volvieran a sus casas, mientras los maestros y los alumnos mayores podían permanecer en el colegio.
Recogí a Manuela y en el trayecto de regreso oímos a Allende por la radio.
Aunque la recepción era mala, fue tranquilizador oír su voz desde el Palacio de La Moneda... aunque sonó, casi, como un discurso de despedida.

Encontré a Víctor en el estudio, escuchando la radio, y juntos oímos la confusión que se produjo cuando casi todas las emisoras de la Unidad Popular dejaron de emitir a medida que sus instalaciones eran bombardeadas o tomadas por los militares.
La música marcial reemplazó la voz de Allende: "Esta será seguramente la última oportunidad en que me dirijo a ustedes... Yo no voy a renunciar .... Pagaré con mi vida la lealtad del pueblo... Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos no puede ser segada definitivamente... No se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos...".
Era el discurso de un hombre heroico que se sabía a punto de morir, pero en ese momento sólo lo escuchamos por fragmentos.
A Víctor le llamaron por teléfono en mitad del discurso.
A mí me resultaba difícil escucharlo.
Víctor esperaba mi regreso para salir.
Había decidido ir a su lugar de trabajo, la Universidad Técnica, obedeciendo las instrucciones de la CUT.
En silencio vertió nuestra última lata de gasolina reservada para una emergencia como aquella en el depósito del coche y mientras lo hacía vi que uno de nuestros vecinos, un piloto de las líneas aéreas nacionales, se asomaba al balcón de su casa y le gritaba algo burlón a Víctor, que le respondió con una sonrisa.
Fue imposible despedirnos como correspondía. Si lo hubiésemos hecho, me habría aferrado a él, y no le habría dejado marchar, de modo que lo hicimos con aire indiferente.
Volveré en cuanto pueda, mamita... tú sabes que tengo que ir... mantén la calma.
Chao...
Cuando volví a mirar, Víctor ya no estaba allí.

Escuchando la radio, entre una marcha militar y otra, oí los comunicados: "Bando número uno", "bando número dos"... las órdenes militares anunciaban que se había dado un ultimátum a Allende para su rendición ante los Comandantes de las tres armas al mando del general Augusto Pinochet... que si a mediodía no se había rendido, el Palacio de La Moneda sería bombardeado.
Mónica estaba preparando el almuerzo; Amanda y Carola jugaban en el jardín cuando de pronto se oyó el estruendo y el zumbido de un avión a reacción bajando en picada y luego una tremenda explosión.
Era como estar otra vez en la guerra.
Salí para meter a las niñas en casa, cerré las persianas de madera y las convencí de que se trataba de un juego... pero los aviones seguían volando en picada y daba la impresión de que los proyectiles que disparaban caían sobre la población de arriba de nuestra casa, en dirección a las montañas.
Creo que fue en aquel momento cuando me abandonó toda ilusión que pudiera haber albergado: si luchábamos contra aquello ¿qué esperanza podíamos tener?
Entonces llegaron los helicópteros, rasantes sobre las copas de los árboles del jardín. Los vi desde el balcón de nuestro dormitorio, suspendidos en el aire como siniestros insectos, ametrallando la casa de Allende.
En lo alto, hacia la cordillera, otro avión daba vueltas.
Oímos el agudo zumbido de su motor durante horas.
¿ Sería el avión de control ?

Poco después suena el teléfono. Corro a contestar y oigo la voz de Víctor: ¿Cómo estás, mamita?. No he podido llamarte antes. Estoy aquí, en la Universidad Técnica. ¿Sabes lo que pasa, verdad?
Le hablé de los bombarderos en picada, pero le dije que todas estábamos bien. ¿Cuándo volverás ?
Te llamaré más tarde, ahora necesitan el teléfono, chao.

No hay nada que hacer, salvo escuchar la radio, los bandos militares entre una marcha y otra.
Los vecinos han salido al patio y hablan excitados, algunos encaramados en los balcones, para ver mejor el ataque sobre la casa de Allende... hacen brindis... en una de las casas ondea una bandera.
Oímos la noticia de que el Palacio de La Moneda ha sido bombardeado e incendiado nos preguntamos si Allende habrá sobrevivido... no hay ningún comunicado al respecto... se ha impuesto el toque de queda...

Telefonea Quena para saber cómo estamos y le digo que Víctor ha ido a la Universidad.
¡Qué espanto! exclama y cuelga.

Tenemos que suponer que todos los teléfonos están intervenidos, pero Víctor vuelve a llamar alrededor de las cuatro y media.
Tengo que quedarme aquí... será difícil que vuelva por el toque de queda. A primera hora de la mañana, en cuanto lo levanten, vuelvo a la casa... Mamita, te quiero.
Yo también te quiero... pero me atraganto mientras lo digo, y él ya ha cortado la comunicación.

Aquella noche me acosté pero no pude conciliar el sueño, por supuesto. A todo nuestro alrededor se oían, en medio de la oscuridad, repentinas ráfagas de metralletas.
Esperé la llegada de la mañana pensando si Víctor tendría frío, si podría dormir, donde quiera que estuviese, lamentando que no se hubiese llevado al menos una chaqueta, preguntándome si, dado que el toque de queda se había postergado hasta la noche, no habría salido de la Universidad y decidido ir a casa de alguien de las cercanías.

A última hora de la mañana levantaron el toque de queda y las empleadas salieron en tropel a comprar pan pero hoy la cola estaba controlada por soldados que golpeaban a la gente con sus armas y la amenazaban.

Rogaba por que Víctor volviera a casa, anhelaba oír el zumbido del coche al estacionarse debajo de la flor de la pluma.
Calculé cuánto tiempo le llevaría el recorrido desde la Universidad... Mientras aguardaba me di cuenta de que no había dinero en la casa, de modo que salí para cubrir a pie el par de manzanas que me separaban de la tiendecita de Alberto, que siempre había colaborado con la JAP y que quizá me cambiaría un cheque.
Por el camino, dos camiones pasaron a mi lado a toda prisa. Iban llenos de civiles armados con fusiles y ametralladoras. Comprendí que eran nuestros fascistas locales, salidos de sus ratoneras.
Alberto estaba muy asustado, y con toda razón. En la semana anterior ya habían explotado un par de bombas en la puerta de su tienda. Pero tuvo la bondad de cambiarme el cheque y me preguntó por Víctor.
Volví andando a paso largo, y por el camino tropecé con una amiga, la esposa de uno de los miembros de Inti Illimani, que vivía cerca. También ella estaba angustiada y, para colmo, sola, pues el Conjunto se encontraba en Europa. Por acuerdo mutuo volvió conmigo a casa y se quedó varios días. La víspera se había sentido enferma y no había ido a su trabajo en una repartición gubernamental. Ahora sufría atrozmente, pensando qué habría ocurrido allí y qué suerte habrían corrido sus compañeras.

Esperamos juntas, pero Víctor no volvió.
Pegada a la televisión, aunque a punto de vomitar por lo que veía, contemplé los rostros de los generales hablando de "erradicar el cáncer del marxismo" del país, oyendo el anuncio oficial de la muerte de Allende, viendo la filmación de las ruinas del Palacio de La Moneda y de la casa de Allende, repetida hasta el infinito, con primeras planos de su dormitorio, de su cuarto de baño o de lo que quedaba de ellos, con un "arsenal" que parecía patéticamente pequeño considerando que sus guardias habían tenido que protegerle contra ataques terroristas.

Sólo a última hora de la tarde me enteré de que la Universidad Técnica había sido reducida, que aquella mañana habían entrado tanques en el recinto y que un gran número de "extremistas" había sido arrestado.

Mi salvación aunque sospechosa porque tenía oídos era el teléfono.
Supe que Quena estaba tratando de averiguar qué le había ocurrido a Víctor, y ella estaba en mejores condiciones que yo para hacerlo discretamente. Yo no me atrevía a dar un paso, temerosa de identificar a Víctor ante las autoridades militares. No quería llamar la atención sobre él ... quizás había logrado salir de la Universidad antes de que la atacaran. Al menos, eso esperaba.

Transcurrió la noche del miércoles, otra noche fría, glacial para septiembre. La cama era grande y percibí un doloroso vacío a mi lado. Dormí a rachas y soñé con Víctor, en su cuerpo entrelazado con el mío. Desperté en la oscuridad, presa de pánico por él. Recordé sus pesadillas.

La mañana siguiente tampoco hubo noticias. Traté de telefonear a diferentes personas que podían saber qué había ocurrido en la Universidad Técnica.
Nadie estaba seguro de nada.
Después, otra vez Quena... había averiguado que los detenidos de la UTE habían sido trasladados al Estadio Chile, donde Víctor había cantado tan a menudo y donde se celebraban los festivales de la canción.
Quena no sabía con certeza si Víctor se encontraba entre ellos; la mayoría de las mujeres habían sido puestas en libertad, y le habían transmitido la noticia... pero no estaban plenamente seguras de que Víctor hubiese sido arrestado con los demás, pues las habían separado de los hombres.

Por la tarde suena el teléfono. El corazón me da un vuelco y corro a responder. Una voz desconocida, muy nerviosa, pregunta por la compañera Joan.
Sí, soy yo.
Entonces hay un recado para mí:
Tú no me conoces, compañera, pero tengo un mensaje para ti de tu marido. Acabo de salir del Estadio Chile. Víctor está allí. Me pidió que te dijera que trates de mantener la calma y quedarte en la casa con las niñas, que él dejó el coche en el estacionamiento de la Universidad Técnica y que quizá tú puedas enviar a alguien para que te lo traiga. No cree que le dejen salir del estadio.
Gracias por llamarme, compañero, ¿pero qué quiso decir con eso?
Eso es lo que me pidió que te dijera. Buena suerte, compañera colgó.

Cuando Quena me telefoneó pocos minutos más tarde, le di la noticia.
A partir de ese momento se dedicó a hacer todo lo posible para averiguar más, para descubrir cuál sería la mejor forma de salvar a Víctor.
Incluso fue a ver al cardenal Silva Henríquez para pedirle que interviniera.
A mí me inmovilizaba el terror de identificar a Víctor suponiendo que todavía no supieran quien era, las instrucciones que me había transmitido y mi fe ciega en el poder y la organización del Partido Comunista que, según yo creía, conocería la mejor manera de proteger a personas como él.

En esa etapa yo no tenía una verdadera idea de los horrores que se estaban produciendo.
Estábamos privados de noticias y de información, aunque abundaban los rumores.
Un dirigente político responsable me telefoneó para decirme que el General Prats avanzaba desde el norte con un ejército: debía de ser el principio de la guerra civil sobre la que nos habían advertido (sólo después supimos que el General Prats estaba encarcelado y que durante la noche del 10 de Septiembre, incluso antes de que empezara realmente el golpe, había habido una purga de todos los oficiales sospechosos de apoyar al gobierno de Allende).

Durante el breve plazo que se levantó el toque de queda el viernes, decidí atravesar Santiago para ir a buscar el coche.
Pensé que nos convenía tenerlo por si era necesario marcharnos de prisa.
Era mi primera salida fuera de nuestro barrio, y bajo o el sol de mediodía todo parecía artificialmente normal: los autobuses funcionaban, había comida en las tiendas.
Lo único anormal era el número de soldados en las calles, en todas las esquinas, pero había mucha gente que trajinaba, caminando de prisa, con el rostro carente de expresión.
En el lento trayecto del autobús por la Alameda, pasamos junto al Palacio de La Moneda, mejor dicho su esqueleto, acordonado desde la plaza.
Mucha gente paseaba por delante, supongo que curiosa por ver los resultados del bombardeo y el incendio... pero nadie expresaba sus sentimientos, ya fuesen de ira y tristeza o de satisfacción.

La Estación Central y los puestos de alrededor estaban tan concurridos como de costumbre.
Me apeé del autobús y vacilé en la esquina de la calle lateral que conducía al Estadio Chile. Me quedé mirando a la multitud que esperaba afuera, a los guardias con sus ametralladoras en posición de disparar. Era imposible acercarse y de todos modos... ¿qué podría haber hecho? Caminé las pocas manzanas que me separaban de la Universidad Técnica.
El campus y el nuevo edificio moderno estaban extrañamente desiertos.
Después me di cuenta de que los grandes ventanales y puertas de cristal estaban rotos, la fachada dañada y plagada de señales de balas.
El estacionamiento delantero, en general lleno, estaba vacío con excepción de nuestra citroneta, que se veía solitaria allí en medio. Seguramente había guardias militares cerca, pero no noté su presencia. Sólo vi a un anciano sentado en un muro, a cierta distancia.
Pongo un pie delante del otro hasta que llego al coche, busco a tientas las llaves y descubro que estoy pisando un charco de sangre que mana por debajo del coche, que donde debería haber una ventanilla no hay nada, que el interior está lleno de vidrios rotos.
Pienso que no puede ser el nuestro y empiezo a probar las llaves para ver si encajan.
Entonces veo que el anciano se acerca hacia mí.
¿Quién es usted?, me grita:
Es mi auto tartamudeo, es el auto de mi marido... lo dejó aquí.
Entonces está bien responde el anciano. Se lo estaba cuidando a don Víctor. Encontré su carnet en el suelo. Será mejor que lo tengas tú. Me lo entrega.
¿Pero de dónde viene toda esa sangre? ¿De quién es? le pregunto.
Supongo que alguien le dio una puñalada a un ladrón que intentó robarlo. Por aquí se ha derramado mucha sangre últimamente. Será mejor que te vayas cuanto antes. Aquí corres peligro.
Me ayuda a quitar los vidrios rotos de los asientos del coche, para que pueda conducir, e insiste en que me aleje.

Eso ocurrió el viernes.
No sé cómo pasé el sábado.
La gente me telefoneaba. Yo telefoneaba a la gente.
Marta fue a verme. Angel había sido detenido y trasladado al Estadió Nacional.
Tuve malas noticias de otros amigos... todos los dirigentes de la Unidad Popular estaban detenidos u ocultos y les buscaban como a criminales.
Otros amigos habían desaparecido.

Acostada en la cama el sábado por la noche no puedo decir que durmiendo, con la vista fija en el techo, empezó a cubrirme un tipo distinto de fría desesperanza.
Me incorporé bruscamente, con el corazón en la boca: Víctor no estaba allí.
En cuanto amaneció abrí el armario y empecé a sacar prendas que no había usado durante años: ropas convencionales de Marks & Spencer, que me daría aspecto de extranjera. Me recogí el pelo, me puse gafas oscuras y traté de cobrar fuerzas para ir a la Embajada Británica con el fin de pedirles que ayudaran a Víctor.
Era demasiado temprano, por supuesto.
Tuve que esperar a que se levantara el toque de queda.
Como era domingo, no debía ir a la Embajada, que estaba en el centro, sino a la residencia del Embajador.
El Embajador vivía en una de las grandes mansiones del barrio alto, con verjas de hierro forjado y rejas, cerrada y con guardia policial en el exterior.
No había señales de vida.
Llamé al timbre y esperé hasta que salió uno de los criados.
Soy británica. Necesito ayuda.
Pensé que me abriría la puerta, pero no fue así.
Me dijo que esperara. Esperé.
La policía me observaba. Me pregunté si parecería lo bastante inglesa. Entonces se abrió la puerta principal de la mansión y un joven indudablemente británico se acercó a la verja.
Disculpe por todas estas precauciones un tanto dramáticas. Son órdenes superiores. ¿En qué puedo servirla?
En un incoherente y entrecortado inglés que no resultó del todo correcto, le expliqué que mi marido estaba en el Estadio Chile, que temía por su seguridad y que quería saber cómo podían ayudarme.
Observándome a través de la verja herméticamente cerrada, me dijo:
¿Es un súbdito británico? De lo contrario, usted sabe muy bien que no podemos hacer nada.
No, es chileno, pero creo que corre un peligro especial porque es una persona conocida. Por favor, traten de hacer algo para ayudarle... si saben que la Embajada Británica se interesa por él, quizá podarnos salvarle.
No creo que podamos hacer nada, pero dadas las circunstancias, probablemente lo más aconsejable sea que nuestro Agregado Naval pregunte por él a las autoridades militares. Veré qué podemos hacer, pero no le prometo nada. La llamaré por teléfono si tengo alguna noticia.

Volví a casa preguntándome si había hecho bien, albergando la esperanza de no haber traicionado a Víctor.
Si se había desprendido de su documento de identidad era porque esperaba que no lo reconocieran.
A menos que ya estuviese muerto.

El lunes es una laguna en mi memoria. Supongo que hice todos los movimientos que corresponden a estar viva.
Por decreto militar, mañana debemos sacar las banderas para celebrar el día de la Independencia de Chile.

El martes 18 de septiembre, aproximadamente una hora después de levantarse el toque de queda, oigo el ruido del portón, como si alguien intentara entrar. Todavía está cerrado con llave. Me asomo a la ventana del cuarto de baño y veo a un joven afuera. Parece inofensivo y me decido a abrirle.
Me dice con voz baja:
Estoy buscando a la compañera de Victor Jara. ¿Vive aquí? Por favor, confíe en mí. Soy un amigo me muestra su carnet. ¿Puedo entrar un minuto? Tengo que hablar con usted parece nervioso y preocupado.
Me dice en un susurro: Soy miembro de las Juventudes Comunistas.
Abro la puerta para que entre y nos sentamos en la sala.
Lo siento, tenía que encontrarla... Lamento decirle que Víctor ha muerto... Encontraron su cuerpo en la morgue. Un compañero que trabaja allí lo reconoció. Le ruego que sea valiente y que me acompañe para identificarle. ¿Llevaba calzoncillos azul oscuro? Tiene que venir, porque su cadáver lleva allí casi cuarenta y ocho horas y, si nadie lo reclama, se lo llevarán y lo enterrarán en una fosa común.

Media hora más tarde me encuentro conduciendo como una autómata a través de las calles de Santiago con el joven desconocido a mi lado.
Héctor así se llamaba había estado trabajando en la morgue, el depósito de cadáveres municipal durante la última semana, tratando de identificar cuerpos anónimos que llegaban diariamente.
Era un muchacho amable y sensible y había corrido un gran riesgo yendo a buscarme.
En su condición de empleado tenía una tarjeta especial y, después de mostrarla en la entrada, me introdujo por una pequeña puerta lateral del edificio, a pocos metros de los portales del Cementerio General.

Estoy en una especie de trance pero mi cuerpo sigue funcionando. Tal vez vista desde afuera parezca normal y dueña de mí misma: mis ojos continúan viendo, mi nariz oliendo, mis piernas andando...

Bajamos un oscuro pasadizo y entramos en una enorme sala.
Mi nuevo amigo me apoya la mano en el codo para sostenerme mientras contemplo las filas y filas de cuerpos desnudos que cubren el suelo, apilados en montones, en su mayoría con heridas abiertas, algunos con las manos todavía atadas a la espalda.
Hay jóvenes y viejos... cientos de cadáveres... en su mayoría parecen trabajadores... cientos de cadáveres que son seleccionados, arrastrados por los pies y puestos en un montón u otro por la gente que trabaja en el depósito, extrañas figuras silenciosas con las caras cubiertas con máscaras para protegerse del olor a putrefacción.
Me paro en el centro de la sala, buscando a Víctor sin querer encontrarle, y me asalta una oleada de furia.
Sé que mi garganta emite incoherentes ruidos de protesta, pero Héctor reacciona instantáneamente
¡Shhh! No debes decir nada, si no tendremos problemas. Espera un momento. Iré a averiguar dónde debemos ir. Creo que no es aquí.
Nos envían a la planta superior.
El depósito está tan repleto que los cadáveres llenan todo el edificio, incluyendo las oficinas.
Un largo pasillo, hileras de puertas y, en el suelo, una larga fila de cadáveres, éstos vestidos, algunos con aspecto de estudiantes, diez, veinte, treinta, cuarenta, cincuenta... y en mitad de la fila descubro a Víctor.

Era Víctor, aunque le vi delgado y demacrado.
¿Qué te han hecho para consumirte así en una semana?
Tenía los ojos abiertos y parecía mirar al frente con intensidad y desafiante, a pesar de una herida en la cabeza y terribles moratones en la mejilla.
Tenía la ropa hecha jirones, los pantalones alrededor de los tobillos, el jersey arrollado bajo las axilas, los calzoncillos azules, harapos alrededor de las caderas, como si hubieran sido cortados por una navaja o una bayoneta... el pecho acribillado y una herida abierta en el abdomen... las manos parecían colgarle de los brazos en extraño ángulo, como si tuviera rotas las muñecas... pero era Víctor, mi marido, mi amor.

En ese momento también murió una parte de mí.
Sentí que una buena parte de mí moría mientras permanecía allí, inmóvil y callada... incapaz de moverme, de hablar.

Tendría que haber desaparecido.
Sólo porque su rostro fue reconocido entre cientos de cadáveres anónimos no le enterraron en una fosa común, con lo cual yo nunca habría sabido qué había sido de él.
Le di las gracias al trabajador que llamó la atención sobre él y al joven Héctor, sólo tenía diecinueve años, que decidió correr el riesgo de ir a buscarme, que buscó y encontró mi nombre y mi domicilio en los archivos de "Identificaciones", donde pidió colaboración a otras personas.
Todos habían ayudado.

Ahora era necesario reclamar legalmente el cadáver de Víctor.
La única forma posible era llevarle inmediatamente desde el depósito hasta el cementerio y enterrarle... tales eran las órdenes.

Me hicieron volver a casa a buscar el certificado de matrimonio.
Una vez más, ahora sola, tuve que atravesar Santiago, que ya se había engalanado con banderas para la celebración de las Fiestas Patrias.
Todavía no podía decirle nada a mis hijas, el depósito de cadáveres no era lugar para ellas.
Pero habían estado llamando mis amigos, muchos alumnos que querían saber cómo estábamos.
Uno de ellos insistió en acompañarme, un buen amigo que se tildaba a sí mismo de momio.
Por extraña coincidencia, también se llamaba Héctor.

El papeleo, el cumplimiento de todos los trámites, llevó horas.
A las tres de la tarde todavía esperaba en el patio que conducía al sótano del depósito, desde donde me dijeron que saldría el cadáver de Víctor.
Había allí otras mujeres que hojeaban las inútiles listas fijadas en los muros y que sólo indicaban un número, el sexo, el "sin nombre", encontrado en tal o cual zona.
Mientras aguardaba, intermitentemente entraban desde la calle vehículos militares cerrados, con una cruz roja pintada en los costados, que bajaban al sótano para descargar, evidentemente, otra partida de cadáveres, y que al instante volvían a salir en busca de más.

Por fin todo estuvo dispuesto.
Con el ataúd sobre un carrito de ruedas, estábamos listos para cruzar hasta el cementerio.
Al llegar a la puerta nos encontramos ante un vehículo militar que entraba con más cadáveres.
Alguien tenía que ceder el paso... el conductor tocó la bocina y nos hizo ademanes airados, pero permanecimos inmóviles y en silencio hasta que retrocedió para dar paso al ataúd de Víctor.

La caminata hasta el lugar del cementerio donde Víctor sería enterrado debió de llevarnos entre veinte y treinta minutos.
El carrito chirriaba, y rechinaba sobre el pavimento irregular.
Caminamos y caminamos... mi nuevo amigo Héctor a un lado, mi viejo amigo Héctor al otro.
Sólo cuando el ataúd de Víctor desapareció en el nicho que nos habían asignado estuve a punto de desplomarme.
Pero estaba vacía de sentimientos o sensaciones y sólo se mantenía viva la idea de que Manuela y Amanda esperaban en casa, preguntándose qué ocurría, dónde estaba yo.

Al día siguiente el diario La Segunda publicó un breve párrafo en el que informaba de la muerte de Víctor como si hubiera fallecido plácidamente en la cama: "El funeral fue de carácter privado y sólo asistieron los familiares".
Después todos los medios de difusión recibieron la orden de no volver a mencionar a Víctor.
Pero en la televisión alguien arriesgó su vida insertando unos pocos compases de "la plegaria" sobre la banda sonora de una película norteamericana.

El 11 de septiembre de 1973 ardió el palacio presidencial de Chile.

OTRO ONCE DE SETIEMBRE...

..yo llegué a mi oficina, temprano a la mañana, como todas las mañanas, alrededor de las 9. Trabajaba en el área de desarrollo y mantenimiento de un sistema de gestión de RRHH. Eramos tres las personas en esa oficina, dos varones, y yo.

Como todas las mañanas, me preparé un café, y abrí los mails. - De repente, uno de mis compañeros dijo: "Un avión acaba de chocar contra una de las Twin Towers"; viendo al momento por su pc el impacto.

El resto nos dirigimos a su escritorio,y ahí vimos en directo cómo el avión había perforado la torre. Mirábamos y comentábamos cosas como : "¡Increíble!", "'¡Esto es una película!".

Sumaron todos los de las oficinas vecinas. Apenas unos minutos apareció la noticia en los portales de CNN, BBC, etc. En las radios.

Cuando nos disponíamos a volver a nuestros respectivos escritorios, otro compañero dijo: "¡Otro avión chocó contra la otra torre!".

Momentos después nos enteramos que había otros aviones, a punto de estrellarse contra "algo".Un nombre que yo hasta el momento no conocía demasiado: "Fue Bin Laden", lo dijo otro compañero.

No trabajamos en todo el día, y así fuimos viendo ON LINE, y en secuencia perfecta (tal cual fue planificado por ALQAEDA, y bajo la connivencia de George W), el desplome de la primer torre: "¡Se está derrumbando una de las torres!" - dijo otro compañero, mirábamos todos estupefactos, la gente se arrojaba; nosotros veíamos sobritas que saltaban, veíamos todo mientras sucedía, y cuando no terminamos de salir del asombro del primer derrumbe nuevamente la voz de mi compañero: -"¡Se está derrumbando la segunda torre!", ahí estábamos todos mirando, analistas, jefes, todos atónitos viendo aquello, y escuchando noticias, los bomberos rescatando gente bajo los escombros, estuvimos toda la jornada pendientes del hecho, nunca habíamos visto nunguno de nosotros fuera de las películas de TV un femómeno como aquel, luego de agotar el intercambio de opiniones, todos quedamos afectados.

Yo pensé: "Si esto sucedió con esta sincronía, totalmente coordinado y planificado, y sucedió, no ví 2001-odisea.del.espacio, esto sucedió, ¿qué va ser del Mundo?"

Yo esperaba más aviones, me preguntaba "¿Cuántos faltan? ¿Cuántos mas están sobrevolando cielo yanqui para estrellarse y matar a los pasajeros y a los de afuera?"

Ese día, yo ya estaba convencida de que Mr. W. era cómplice, por la HORA de los sucesos. Me dije: "¿Qué le puede importar a ALQAEDA hacer esto TEMPRANO?", y entonces me dije: "¡Ahá! ¡Este es W, que debe de haber dicho que sí lo hagan pero tempranito, para que se mueran los "sudacas", los inmigrantes, los ciudadanos de tercera!"

Luego, y cuando a los dos días, mientras todos en los aeropuestros de Yanquilandia eran cacheados la familia Bin Laden abandonó suelo americano sin pasar ningún control, ya no tive la menor duda de que Mr. W. fue COMPLICE.

Anna Donner Rybak © 11 de setiembre de 2011
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